
Los hombres como nosotros, vemos cosas.
Hacemos cosas, cosas que nos hacen insensibles.
Ese es el precio del poder y el dinero, de vivir la belle vie y dirigir la mafia francesa. Pero entonces, ella apareció como una hermosa flor silvestre abriéndose paso entre las grietas de un pavimento sucio: frágil pero resistente, un soplo de belleza entre la inmundicia. Se suponía que solo era otro trabajo, una persona sin nombre que iba a arrancar de su vida y dársela a mi hermano, nada más que un peón en la apuesta de nuestro negocio de diamantes.
Hay una etiqueta psicológica para hombres como nosotros.
Nos falta empatía y culpa.
Hacemos cosas para tener lo que queremos, cosas que hacen que las flores se marchiten.

















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